El voto útil es para AMLO

Después de semanas de intentos fallidos de despuntar, tanto Josefina Vázquez Mota como Andrés Manuel López Obrador siguen al menos una decena de puntos por debajo de Enrique Peña Nieto.

Llegó la hora de hablar del voto útil.

A nadie le gusta aceptarlo: votar de esa manera significa utilizar el voto como arma de ataque y no como bandera ideológica; es perder de vista las razones por las que queremos que gane un candidato y acudir a las urnas en son de protesta; pero a pocas semanas del 1 de Julio, es la única opción de quienes no quieren que regrese el PRI a Los Pinos.

Y aunque le duela al Partido Acción Nacional, el voto útil tendrá que ser a favor de López Obrador.

Aunque algunas casas encuestadoras lo siguen poniendo en tercer lugar, su tendencia es creciente y va a rebasar a Josefina Vázquez muy pronto.

Lo cierto es que Josefina ha sido gris mientras que AMLO ha hecho bien su tarea: su discurso ha creado un antagonismo; ha apuntado el dedo en contra de un enemigo; ha causado controversia y lo ha colocado como el único oponente posible a la maquinaria del PRI. Le pese a quien le pese, y le guste a quien le guste. López Obrador ha sido muy inteligente en su táctica y los números lo están demostrando.

Su punto débil, desde luego, es el fantasma del 2006. Si crece lo suficiente como para representar una amenaza real, el PRI va a hacer todo lo posible para hacernos recordar los plantones de Reforma; la intolerancia post electoral y la corrupción en su gabinete del Distrito Federal. Intentará culpar a López Obrador de cualquier acto de agresión en su contra (como ya lo hizo con la Ibero) y de cualquier conato de violencia.

La marcha “antipeña” programada para el sábado 19 será un ejercicio interesante en ese sentido. Cualquier indicio de violencia será tomado en contra del candidato de la izquierda y terminará favoreciendo más a Peña de lo que lo perjudica. Por lo contrario, si el evento transcurre de forma pacífica y la concurrencia es suficiente, podría ayudar a consolidar el discurso del voto útil.

Andrés Manuel tiene una tarea difícil: debe de convencer categóricamente a quienes votaron en su contra hace seis años y a quienes se sintieron afectados por las acciones de su “gobierno legítimo” de que ha cambiado y de que no es una amenaza para el país…y debe hacerlo al mismo tiempo de que nos convence de que Enrique Peña Nieto es un peligro para México.

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Fuera Peña!

No estuve ayer en la Universidad Iberoamericana cuando Enrique Peña Nieto tuvo que salir huyendo del reclamo estudiantil, de modo que no puedo saber si éste se hizo de forma auténtica u orquestada. He leído y visto de todo: quienes son adversos a Peña Nieto y festejan la ocasión, y quienes advierten que en la Ibero había “infiltrados” que solamente buscaban dañar al candidato.

Lo único que puedo decir, a la distancia, es lo siguiente:

Yo soy, y lo digo con orgullo, un Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana. Es una casa de estudios donde todas las voces son escuchadas y no existe más que la pluralidad de ideas. Existen en ella los más brillantes alumnos, al igual que hay ignorancia y mediocridad, como en todas las universidades.

Me tocó, en diversas ocasiones, acudir a conferencias y mesas de debate con personalidades de la política; cuando estuve en la Sociedad de Alumnos también organicé eventos y moderé ponencias. Puedo afirmar que sin importar el color o la camiseta, los alumnos de la Ibero (y específicamente los de Ciencias Políticas) siempre hemos sido partícipes y no sólo escuchas de quien se presenta ante nosotros.

Entendemos, sobre todo, que una leyenda acompaña siempre a nuestro escudo: “la verdad nos hará libres”. Y la primera premisa de la verdad, es que ésta nunca es absoluta; que siempre puede indagarse y que nunca puede ser impuesta.

Partamos del siguiente acuerdo: en México, las instituciones aún no tienen la solidez de una democracia madura; la poliarquía mexicana está sembrada en la inequidad social, la pobreza, la falta de educación, la desigualdad económica, la incidencia de grupos de poder, la falta de pluralidad mediática y sobre todo, una importante resistencia al cambio por parte del status quo.

En “La Democracia y sus Críticos” (1989), Robert Dahl da las siguientes 5 premisas de una democracia madura: participación efectiva, equidad en el valor del voto, entendimiento ilustrado, control de la agenda pública y agenda inclusiva. En México, los últimos dos siguen siendo aspiraciones lejanas de materializarse en una realidad tangible.

Ante ello, las universidades deben de jugar dos papeles.

Es cierto que por un lado deben de ser las casas de análisis, estudio y debate racional y justo que les dan su razón de existir; si no es en las universidades donde se privilegia el respeto, nunca se hará en el país.

Pero en segundo lugar, en una democracia joven como la nuestra, las universidades deben de ser los espacios de canalización de la protesta informada; la juventud tiene la responsabilidad de permanecer curiosa; de no aceptar verdades absolutas; de levantar la voz, por incómodo que esto sea, para iniciar el debate.

No sé si hubo infiltrados; no sé si fue premeditado; pero lo que sucedió en la Ibero ayer fue un suceso necesario en una democracia viva; quien lo rechace y lo califique de violento, no entiende que la democracia no existe solamente en las urnas, sino como forma de vida.

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Quién pierde una elección

A los mexicanos se nos ha hecho una mala costumbre: no votamos por quien nos convence, sino por quien no nos preocupa.

En el año 2000 no ganó Vicente Fox; perdió el PRI. La campaña del cambio se ideó con ese propósito: no el de mostrar las bondades y propuestas de la Alianza por el Cambio, sino el de convencer a la sociedad de que votar por el Revolucionario Institucional era encadenarse al autoritarismo.

En el 2006 sucedió algo parecido; en este caso, el enemigo a vencer era López Obrador, “un peligro para México”. Una vez más, millones de mexicanos votaron por el candidato de Acción Nacional convencidos de que con ello estaban evitando que la izquierda radical se apoderara del Gobierno. Pocos recordaban a la hora de emitir su voto las propuestas que Calderón había hecho.

Un sexenio más tarde, tanto el PAN como el PRD y sus aliados buscan continuar el patrón: en sus declaraciones, en el debate y en cada oportunidad que se les presenta, tanto Josefina Vázquez Mota como Andrés Manuel López Obrador toman la palabra para advertir a la población sobre el “peligro” que es votar por Enrique Peña Nieto.

Es cierto que este fenómeno no ocurre solamente en nuestro país; es natural que el miedo genere más pasiones que la razón; sin embargo, me atrevo a advertir que el caso de México se ha agudizado por la falta de legitimidad del proceso electoral y sus integrantes.

Las plataformas de gobierno que se presentan no son sino promesas vagas de gran ambición pero poca seriedad: “más empleo, mejores escuelas, más medicinas, paz”. No hay “cómos” sino “qués” sin fundamento. Se discute sobre la forma y no sobre el fondo, porque lo que se dice no tiene trascendencia.

No resulta sorprendente, por lo mismo, que cuando un candidato como Gabriel Quadri se presenta en el debate con cifras concretas, argumentos elocuentemente presentados y ninguna crítica o contrincante directo a quién responder, el electorado hambriento de contenido reaccione favorablemente.

La tarea no es de los políticos sino nuestra; la imagen pública y la mercadotecnia política seguirán haciéndose de manera superficial, levantando pasiones cuando puedan y provocando al impulso antes que al intelecto; es nuestra responsabilidad ciudadana el ver más allá de esa pantalla: reconocer el fondo de la forma y contrastar posibles opciones con sus respectivas consecuencias. De no hacerlo, seguiremos acudiendo a las urnas cada seis años para rechazar a un personaje u otro, creyendo que con ello estamos sufragando libremente.

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Canibalismo anti Peña

Llamémosle mala suerte o coincidencia; lo cierto es que la forma en que se han comportado algunos medios durante las últimas semanas no hace más que llamar a la sospecha.

Por una parte, Josefina Vázquez Mota solamente parece aparecer en las primeras planas cuando se habla de sus tropiezos y equivocaciones. La candidata panista ya hizo de todo: cambió su estrategia, despidió asesores, contrató expertos externos y hasta le agregó seguidores a su cuenta de Twitter. Aún así, las noticias no hablan bien de ella.

De manera paralela, Andrés Manuel López Obrador vive momentos de ensueño. Su exposición en medios ha crecido de una forma que el candidato de izquierda nunca hubiera podido esperar en el 2006. No se le critica ni se le tacha de peligroso; algunos hasta le aplauden sus propuestas.

El resultado de esto es claro y las encuestas, tarde o temprano, lo terminan reflejando: el voto blando del PAN está migrando al sol azteca y está generando una ilusión de crecimiento de López Obrador.

Ilusión, no porque Andrés Manuel no esté adquiriendo nuevos votantes, sino porque Enrique Peña no los está perdiendo (o al menos no lo está haciendo al ritmo que necesitan cualquiera de los dos candidatos para alcanzarlo antes del 1 de julio con esta tendencia). No se trata de un juego de suma cero; por lo contrario, es un canibalismo de la oposición al PRI.

En este contexto, es natural que el PRI siga jugando a la defensiva, sin querer arriesgar a su candidato; diciendo no a las invitaciones que no son necesarias; evitando debates; exponiendo a Peña solamente a ambientes controlados que no inviten a declaraciones fortuitas que pudieran dañar su imagen. Así se mantendrá en tanto que su inamovilidad sea un activo.

El tiempo apremia. A casi dos meses de las elecciones, el objetivo del PAN y el PRD sigue siendo obtener el segundo lugar, en lugar de estar compitiendo contra el primero. Si Josefina quiere dejar de cargar con la sombra de López Obrador, debe de arriesgarse a debatir con él para dejar atrás esa batalla. Por su parte, si AMLO quiere quitarse la etiqueta de “tercer lugar” debe de obligar a la candidata a prestarse a un encuentro en el que pueda mostrarse como el mejor “producto” para los anti-peñistas.

Mientras esto no suceda, los días seguirán pasando y Enrique Peña Nieto podrá seguir disfrutando, a la distancia, de la cómoda inmunidad que le otorga el colchón porcentual de las encuestas.

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Relanzar una campaña

Josefina lo sabe: a pocas semanas del momento decisivo, la ventaja de Peña Nieto sigue siendo abrumadora. Los errores de su equipo le han costado fuertemente en su voto blando y no le quedó de otra que relanzar su campaña.

Hacerlo no tiene nada de malo; más aún, cuando la estrategia no va acorde con el candidato que supuestamente la debe de materializar en su discurso. En el 2006, por ejemplo, Felipe Calderón decidió (con Vázquez Mota a la cabeza de su equipo de campaña, por cierto) cambiar el eslogan “Valor y Pasión por México” por la sencilla promesa que encabezaría el resto de su sexenio: “Vivir Mejor”

La primera era una afirmación con la que poca gente podía empatizar, y que por muy patriótica que pareciera, era poco traducible en beneficios para la población. Vivir mejor era lo contrario: simple, al grano y fácilmente moldeable para cada persona

Además de su eslogan como eje de su estrategia de campaña directa, Calderón también supo verse frente a su adversario. ¿Qué se le criticaba a López Obrador? ¿Con quién se le podía comparar? La estrategia del miedo (“un peligro para México”) resultó óptima. Los votantes no fueron a las urnas para apoyar a Calderón sino para evitar (aunque gane Felipe) que ganara el Peje

El incidente que tuvo Vázquez Mota en Tres Marías, abrió una ventana de oportunidad enorme para la panista: si a Peña Nieto se le ve como un político distante, plástico y maquillado, la mejor oposición sería presentar a alguien que sea natural, fresca y cercana a la realidad social del país.

Tomando esa vía, Josefina ha iniciado una nueva estrategia en la que realiza diálogos ciudadanos, caminatas y visitas a pie para mostrarla como una candidata de tierra, que puede sobrevivir sin guión ni teleprompter.

El éxito dependerá de tres factores

Primero, que Vázquez Mota logre ser el personaje que la campaña quiere que sea. Que sea capaz de dialogar con los ciudadanos, estrechar una mano e incluso pueda defender sus propuestas en momentos de animadversión. 

En segundo lugar, es cuestión de consistencia y congruencia: si la estrategia se difumina con el paso del tiempo, o peor aún, si dice ser cercana a la gente pero sus spots y eventos tienen el mismo toque estéril de Peña Nieto, la estrategia será obsoleta.
Y desde luego, la clave está en crear contrastes: la clave no estará en mostrar las ventajas de ser una candidata de carne y hueso sino en advertir el posible “riesgo” de que su opositor llegue a Los Pinos y no lo sea. No es cuestión de fabricar mentiras o de crear una campaña sucia buscando Compromisos incumplidos, sino de iniciar el debate para poder hacerse de la personalidad y sentido que tanto le hace falta a su campaña.

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Los 4 ejes de Peña Nieto

Hay una diferencia crítica entre el equipo de campaña de Enrique Peña Nieto y el de Josefina Vázquez Mota: se trate del nivel de planeación. Mientras que el círculo íntimo del priísta ha demostrado tener una estrategia sólida, inamovible y con visión a largo plazo, los estrategas de la candidata se han limitado a resolver crisis, apagar fuegos y ofrecer soluciones reactivas. Esto ha provocado que Peña Nieto siga muy por encima de Josefina en la lucha por la silla presidencial, y que Vázquez Mota se vea como una líder débil y sin rumbo.

La estrategia de Peña tiene cuatro ejes.

El primero se basa en retener la atención del público. Cuando lanzó su campaña hace unos días en Jalisco, Peña anunció que, al igual que en su exitoso episodio en el Estado de México, firmaría ante notario sus propuestas: “te lo firmo, y te lo cumplo”. Lo interesante, sin embargo, es que decidió reservar algunas de ellas y darlas a conocer paulatinamente a lo largo de los próximos meses. Es una estrategia efectiva: crea expectativas; llama la atención y logra controlar el encuadre del debate.

En segundo lugar, Peña Nieto se coloca inteligentemente por encima del debate político, como figura de Estado. Al estar arriba en las encuestas, se puede dar el lujo de hablar como líder y no como candidato. No confronta a sus opositores (o al menos no tanto como ellos lo confrontan a él) y habla, más bien, en nombre de México. Su discurso no utiliza el condicional (“Si llego a ser Presidente…”); es afirmativo y tajante. Hace una buena disección del país y lo recorre estado por estado, como lo pudimos ver en su discurso inicial, y ahora en sus spots.

La tercera rama de la estrategia es el establecimiento del debate público: ¿de qué se va a tratar el proceso electoral? Para Peña, el tema más redituable es sin duda la paz (que no es lo mismo que la seguridad). Mientras más logre enfatizar en sus discursos el anhelo de la ciudadanía de disminuir la violencia inmediata (más allá de si esto es posible o no), el candidato podrá aumentar su base de votantes frente a la imagen panista de la lucha contra el crimen organizado (de la que incluso Vázquez Mota ya ha intentado desligarse). A Peña le conviene que su oponente sea Acción Nacional porque representa más de lo mismo; porque sabe que frente al PAN puede presentarse como una renovación y una alternativa fresca.

Es por eso que el cuarto eje se ha basado en apropiarse de las banderas políticas de López Obrador. En Jalisco, Peña Nieto mencionó numerosas veces las palabras cambio y amor. Sabe que Andrés Manuel busca presentarse como el “verdadero cambio” y que eso puede representar un riesgo para su imagen (no porque López Obrador pueda ganar, sino porque lo puede colocar en una zona discursiva gris). El priísta quiere jugar el ajedrez retórico en los terrenos que puede controlar: la televisión; los eventos públicos y las entrevistas planeadas. Por lo contrario, va a evitar a toda costa los debates de confrontación directa, sin guión y de estructura laxa.

El equipo de Enrique Peña Nieto tiene claro lo que tiene que hacer, lo que debe evitar y lo que puede provocar con la posición en la que se encuentra su candidato. Mientras sus opositores no hagan lo mismo, seguirán jugando en el terreno que el priísta diseñó para ganar su pase directo a Los Pinos.

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¿Por qué le tenemos tanto miedo a que hable el Presidente?

La veda que se le impone al primer mandatario de la Nación a partir de las próximas horas, con motivo del proceso electoral, tiene raíces históricas en nuestro sistema político: se remonta a los fantasmas del sistema autoritario que gobernó a nuestro país por décadas durante el siglo XX.

En nombre de la democracia, se le exige al Presidente cerrar la boca, salir de los espacios públicos, no inaugurar obras y abstenerse de emitir opiniones, para minimizar su posible injerencia en las elecciones.

Pero ¿por qué le tenemos miedo a que el Ejecutivo promocione los resultados de su gobierno?

Si bien es cierto que en nuestro país la reelección Presidencial no es posible (y nuevamente, gran parte de ello es resultado de tabúes históricamente tejidos en nuestro entender de la política), todo sufragio en democracia debería de ser la oportunidad que tiene el ciudadano para ratificar o modificar el rumbo que lleva el país.

Quien está de acuerdo con el proyecto de Acción Nacional, vería en Josefina Vázquez Mota la continuación del proyecto panista. Por lo contrario, quien no lo cree así optaría por una de las opciones presentadas por la oposición.

Al Presidente se le vería entonces, no como al todopoderoso Jefe de Estado que puede interferir en la elección, sino como a un miembro de su partido que actualmente encabeza la administración pública. Así sucede naturalmente en los sistemas parlamentarios, donde el Jefe del Ejecutivo es también el jefe de su partido político.

En México, esto es distinto. No solamente se debe esto a que tenemos un régimen presidencial, sino a que se sigue viendo al Presidente (y al poder Ejecutivo) como una figura paternalista que dicta no sólo el rumbo administrativo, sino el sentir de la Nación.

Se me podrá rebatir que el Ejecutivo tiene en su poder recursos públicos, programas sociales de gran impacto (el Seguro Popular, Oportunidades, Diconsa, entre otros) y que por lo mismo, es necesario limitar su poder para evitar una injerencia en los incentivos que tiene la ciudadanía para emitir su voto. Pero, ¿qué no sucede esto de cualquier manera?

Callar al Presidente no resuelve el acarreo, ni el clientelismo, ni el uso indebido o corrupto de políticas públicas (que por cierto, ocurre en los tres niveles de gobierno, y en administraciones de todos los colores e ideologías). Provoca además, una urgencia por construir circos publicitarios como los que hemos visto en los últimos días (Tercer Grado; Auditorio Nacional; giras exprés) que resultan en despilfarros mayores y contraproducentes.

La veda habla solamente de nuestra circunstancia como votantes. Es un parche mal colocado que sólo resuelve miedos parciales de corto plazo y no soluciona lo que es verdaderamente urgente: nuestra pobre cultura política.

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Religiosamente laicos

En México, ser católico sigue siendo políticamente correcto, aunque aceptarlo se haya convertido en algo políticamente incorrecto. Y es que el tema religioso es, como muchas de las convicciones políticas, cuestión de números.

En nuestro país, poco más del 82% de la población (mayores de cinco años) declaró en el último censo poblacional del INEGI profesar la fe que dicta el Vaticano. Y si bien es cierto que este número es notablemente menor al 98.44% que había en 1950 e incluso al 85.27% de hace diez años, también lo es que ningún candidato puede darse el lujo de echarse encima a la aplastante mayoría.

No sorprende entonces que los tres aspirantes con posibilidades reales de alcanzar la Presidencia, hayan confirmado su asistencia a la misa que ofrecerá Benedicto XVI en su visita a México; no es cuestión de izquierda o derecha, de fe o incluso de convicción política; es meramente un tema de imagen y estrategia.

Pero más allá de que seamos o hayamos dejado de ser un país mayoritariamente católico, es importante que se de un paso fundamental en el debate sobre la laicidad: éste debe de evolucionar y desprenderse de la falsa dualidad en torno a la Iglesia Católica que ha marcado históricamente a nuestro sistema político desde el siglo XIX. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en una nación dogmáticamente laica.

Parecería que la discusión de la reforma al artículo 24 Constitucional, por ejemplo, no ha podido desviarse de la posible injerencia del catolicismo en el sistema educativo público del país. Quienes defienden la laicidad educativa reconocen en la Iglesia Católica (y sólo en la Iglesia Católica) intenciones de imponer a manera de conspiración una agenda de intereses propios en las aulas de México y en la agenda pública.

El debate es falso, en tanto responde a una necesidad histórica, más que a una realidad social contemporánea.

Es cierto que el razonamiento surge del gran peso que esta religión sigue teniendo en gran parte de la población mexicana; pero si una democracia es la acumulación de libres expresiones para el debate público de lo común y una Constitución es la representación máxima de este evento social ¿por qué se pretende evitar actos legislativos que faculten al individuo para expresar y practicar su capacidad ética y moral en tanto miembro del pacto social?

Ésta es, creo yo, la falta más grave de quienes dicen defender la laicidad del Estado: que al juzgar a la Iglesia como poder de facto, desconfíen del libre albedrío y la capacidad racional del individuo, a quien ven como peón miope de intereses ajenos.

Toda legislación que emane de una comprensión tan limitada del ciudadano, es en mi opinión, una limitación que nos aleja del verdadero espíritu democrático.

La única fe que el Estado no debe perder, es la fe en el libre discernimiento de quienes lo constituyen.

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No me preocupa Josefina

A mí no me preocupa que Josefina Vázquez haya rendido protesta en un estadio semi vacío. Por más que sus adversarios quieran pintarlo como un desaire, no fue más que un error de estrategia y un pésimo equipo de campaña. Roberto Gil no supo cómo resolver el problema (ya sea convenciendo a la gente de quedarse, o a la prensa de no publicar las imágenes) y en pleno siglo XXI, las fotografías volaron por las redes sociales en cuestión de minutos.

Pero lo digo una vez más: a mí eso me tiene sin cuidado. No me preocupa, porque no creo que ninguno de los otros candidatos haya llenado sus respectivos recintos con seguidores ciegamente convencidos de lo que iban a escuchar; no me preocupa, porque no creo que el PAN, el PRI o el PRD no acarreen gente con promesas, despensas, comida y demás dádivas; y finalmente, no me preocupa, porque me da igual si la señora tiene más o menos votos a causa de un episodio como el ocurrido este fin de semana.

Me preocupa, sin embargo, que ningún medio o analista se ocupe de analizar el discurso que dio en el Estadio Azul; que no haya nadie que vaya más a fondo y trate de encontrar en las palabras de Vázquez Mota un significado relevante para el posible futuro de México.

Me preocupa que la candidata haya leído un discurso fabricado por sus asesores sin la menor intención de pretender que son convicciones propias. Que su toma de protesta haya parecido la declamación memorizada de una niña de primaria de un texto que está más allá de su entendimiento. Me preocupa que rinda protesta “por un México” que no existe, lleno de generalizaciones e ideas vagas e idealistas.

Me preocupa que estos eventos (no solamente el de la ahora candidata del PAN; también el de Peña y el de López Obrador) hayan sido circos publicitarios, cuando deberían de ser la presentación de una propuesta política ante la ciudadanía. Y es que en teoría, después de una etapa de inter campañas, éste sería el momento en que los ciudadanos querríamos saber más a cerca de cada político y sus planes de Nación.

Hoy el PAN está en serios problemas: desolado, dividido y con una gran falta de liderazgo. Tristemente, su candidata no brinda solución a un problema que le está costando su propio futuro político.

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Votar con los ojos cerrados

Imaginemos por un momento que en lugar de tachar con una equis el logotipo de un partido político en su boleta, usted fuera capaz de escribir en ella la definición de su voto. ¿Cuál sería? En otras palabras, ¿respecto a qué tema va a decidir usted a quién otorgar su respaldo? ¿La seguridad? ¿La economía? ¿La corrupción? ¿El medio ambiente?

En lo que hoy entendemos como democracia, los procesos electorales tienden a definirse en torno a uno de dos sujetos: ya sea un liderazgo carismático (por ejemplo la elección Obama en el 2008, o la elección del 2006 que fue a favor o en contra de López Obrador), o bien, un tema que es encuadrado por el debate público (la guerra en Iraq; la adhesión de un país como miembro a la Unión Europea; una crisis económica).

En el primer caso, esto se puede ver con mayor claridad cuando las instituciones sufren una crisis de representatividad (en el caso del año 2000, por ejemplo, Fox surgió como figura de liderazgo ante un régimen que no correspondía a la estructura de poderes fácticos del momento), o cuando hay una decepción mayor; en esta situación, un liderazgo carismático puede alimentarse fácilmente con promesas abstractas e ilusorias (“fin a la pobreza; a la violencia; a la desigualdad”).

Respecto al segundo caso, el tema es establecido en la agenda pública a través del acomodo de grupos de poder (lo que Dahl llama poliarquía) y la capacidad que tienen para controlar los medios de comunicación. Más que representar a la realidad social, el encuadre de un tema es resultado de la dominación espectacular: ¿quién puede establecer lo que se dice en el debate público?

De esta manera, elegir el sujeto central en torno al cuál girará una elección, es tan importante como el día de la votación misma. Tener la capacidad de marcar los ejes de  discusión le permite a un candidato o partido controlar el debate público y adelantarse a la estrategia de su(s) adversario(s).

Habiendo dicho lo anterior, regreso a la pregunta con que inicié este escrito ¿De qué se va a tratar la elección del 1 de julio? ¿De la guerra contra el narcotráfico y el fin de la violencia? ¿De la estabilidad económica y el combate a la pobreza? ¿De renovar la clase política y combatir a la corrupción? ¿Del medio ambiente y el desarrollo sustentable? ¿De la emancipación ciudadana?

A finales de mes, cuando la veda electoral termine y los partidos puedan lanzar oficialmente su campaña, harán todo lo posible por taladrar en nuestros cerebros estos eslóganes; por hacernos creer que siempre fueron las cuestiones que más nos importaron; por lograr con spots, generalizaciones, noticias y montajes visuales que el día en que estemos frente a la urna, nos pronunciemos a favor o en contra, no de su proyecto de nación, sino de su tema de campaña.

No pretendo hacer un juicio sobre esto; así es, como dirían de La Boétie o Debord, la democracia espectacular en la que vivimos; queda más bien en nosotros, como ciudadanos, el ver más allá de las pantallas publicitarias; votar con los ojos cerrados y racionalizar nuestra decisión electoral. Sólo así, estaremos haciendo justicia al concepto puro de la democracia, que como decía Ikram Antaki, “cambia las formas de poder, pero no su esencia”.

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